Este Blog ha nacido para dejar volar la imaginación, y al igual que las mariposas, anuncian su presencia con el aleteo de las alas, espero de vez en cuando volar para encontrar historias que contar.

28 de agosto de 2014

Venta del libro EL PAN DE LOS POBRES

Manuel Pablos
María Calzada











Ha llegado la hora de presentar aquí,en este espacio donde comparto otras inquietudes, este libro de relatos. Relatos escritos con Manuel Pablos que ya ha publicado otros libros, también de poesías, donde ha ganado varios premios. 
En este libro encontrareis, historias entrañables, suscritas en una época en que este país se recuperaba de una guerra. Relatos de personas que les ha tocado luchar para salir de la miseria, el miedo, y la oscuridad, ganando poco a poco el camino a la libertad. 

Vivencias de la niñez, donde nuestra memoria y por escasos recuerdos que tengamos, nos llevarán para sentirnos reflejados. 
Es la vida que nuestros abuelos, o padres han intentado contarnos alguna vez para dejar constancias de lo que a muchos de nuestros familiares les tocó vivir. 
Es parte de la esencia de nuestro pasado, que no debemos olvidar. Hay cosas que no se pueden volver a repetir.

En este libro se resalta la vida dura de la gente pobre, de una gente de la que pocos han querido escribir, y lo hacemos de forma sencilla, a veces bajo la visión de nuestra niñez, otras con el conocimiento que nos da el ser adultos, y haber vivido de cerca algunas de estas historias.

Este libro también es solidario. De cada libro, tres €uros son para la asociación de Sentimientos De Cristal Asoc.

A quien le interese puede conseguir el libro, mandándome un mensaje a este correo entrebastidores.maria@gmail.com y dejando la dirección para que se lo pueda enviar contra reembolso, sin gastos de envío. El precio del libro EL PAN DE LOS POBRES es de 15€uros.

Tambien se puede conseguir a través de la editorial AGALIR EDICCIONES SOLIDARIAS por el mismo precio y sin gastos de envío.
Cartel anunciando la presentación

 Y si tienes curiosidad y un  poco más de tiempo, puedes ver un apunte en video, (breve) sobre lo que fue la presentación del libro.

26 de mayo de 2014

A Cristina Vilariño


Entre los pliegues de la vela  se esconde la timidez de Cristina…  Está a punto de cumplir diez años y desde aquel 29 de Mayo hasta ahora,  se nos ha mostrado una niña que poco a poco ha ido deshojando su forma de ser.
Por sus venas también corre sangre Calzada, y como muchos de nuestra saga es de figura recortadita,  carácter fuerte y resuelto y mucho amor propio, que es lo que mejor suple  el tener la estatura corta, por si alguien piensa,  que se es poca cosa en todo.
Los primeros años de su vida, se guardaba entre la falda de su madre y apenas se mostraba realmente como era. Todo le daba vergüenza.                
Pero cuando apenas tenía cuatro años demostró en natación, que  se llevaba  bien con el agua. Ella no solo nadaba, buceaba, estando más tiempo debajo del agua que en la superficie. Se convertía en otro ser. Sin miedos, descubrió que  ese era su hábitat natural, moviéndose libre como una sirena. Y cuando se dio cuenta que también el mar, era asequible e inmenso para dar rienda suelta a su poderío, encontró los ingredientes necesarios para definir su carácter.

Ahí, al tiempo que despliega velas y agarra con fuerza el timón de popa, se olvida de la timidez dejando a su espalda  obligaciones y deberes, para mirar al frente de la superficie ondulada y azul  y hacerse dueña  y cómplice del viento  que mueve la olas con las que habrá de luchar, sin miedos, con fuerza, coraje, y mucho, mucho amor propio, para sentir aunque sea en pequeños  instantes, que es dueña de la  inmensidad del mar. Es más Cristina que nunca, sufre el silencio de los valientes a los inconvenientes a los que se enfrenta. Vuelca, cae a las aguas frías, endereza sola su barco y continúa navegando en busca de la meta. Soporta jornadas desde las nueve de la mañana a seis de la tarde y jamás se queja. Es la más jovencita de su grupo, pero ya nada la achica. Se ha hecho fuerte.

 Pero la mar no siempre es buena compañera. A menudo te  engaña con calmas mentirosas,  que en  breves instantes  se convierten en oleajes impetuosos para recordarte que es dueña de sí misma.  Y entonces la lucha es desigual y peligrosa. La mar no tiene rivales y  aprendiste que cuando se pone brava,  tu bravura no sirve. Es mejor retirarse aunque  duela. Con la mar no se pierde, se tiene cautela. Otro día despertará calmada, invitando a navegar  y  te dará la oportunidad de medirte con tus iguales y entonces pondrás todas tus armas a trabajar, arriaras de nuevo la vela, harás contrapeso estirando  tu cuerpo, para mandar, para llevar tu barquito a la meta o a donde tú  quieras llegar… un sinfín de posibilidades te esperan, si no dejas de luchar. 

María Calzada

16 de mayo de 2014

A mi amigo Fernando...

Nos conocimos siendo apenas unos adolescentes, Yo tenía 18 años y tú apenas 15, compartimos horas de trabajo mezcladas con  diversión inocente, propia de la edad que teníamos, en una época donde todo era opaco. Disfrutamos del trabajo con la conformidad  de saber;  de que no nos quedaba otra, éramos de los más pequeños de un montón de hermanos y estábamos en ese momento de arrimar el hombro, no solo para nuestros padres, también para nosotros mismos. Nos unían muchas cosas. Fuimos cómplices, compartimos secretos y preocupaciones por esa lucha intestina que tenías, donde la verdad no era posible porque la sociedad y tus seres más queridos no estaban preparados. Antepusiste tu felicidad a romper con los prejuicios. Durante mucho tiempo navegaste entre dos aguas,  y aunque las verdades se translucían entre sombras veladas, te quisiste convencer de que sería posible seguir el camino de las convicciones  establecidas, pero te diste cuenta que para ello arrollarías a otras personas que nada tenían que ver con tu realidad. Y entonces salía el niño bueno que siempre ha habido en tí y renunciaste a esas veredas, siendo honesto con los demás, pero sobre todo contigo mismo.

Una vez más la vida pega el zarpazo,  agarrando con sus garras a gente que queremos. Hoy me esperaban para decirme que tú ya no estás entre nosotros… y no me lo puedo creer. Sigo viendo al niño bueno e inocente, luchador, entregado para los suyos y sus amigos. Y quiero pensar que conseguiste ser feliz dentro de esa quimera…

María Calzada

16 de abril de 2014

Iglesia de Santa Maria en Cracovia


16 de abril de 2014

Con fuerza inusitada la barbarie de los tártaros recorrió el norte de Europa. Y la ola invasora llegó hasta Cracovia.
Los cornetas vigilaban desde lo alto de una de las torres de la Iglesia de Santa María, ubicada  en una de las esquinas de la plaza del Mercado, para anunciar con una melodía, el “Hejnal” a la población, de los posibles peligros.
La iglesia de Santa María es una de la iglesias más bonitas, envuelta  en leyendas, que la hacen  enigmática e interesante.
Tiene dos torres que para su construcción contrataron a dos hermanos considerados en aquellos tiempos como los mejores arquitectos. El hermano mayor fue el primero en aprender el oficio que poco a poco se lo fue enseñando a su hermano menor. Cuando recibieron este encargo decidieron que cada uno construiría una torre. En el fondo cada uno quería demostrar la pericia que tenía, y trabajaban con premura para terminar antes y hacer la torre más alta. El mayor veía como el pequeño aunque más lento estaba consiguiendo la torre más alta. Instigadores con malas intenciones hicieron que los celos se desataran  llegando al límite de que los dos hermanos discutieran tan acaloradamente que el mayor mató al pequeño clavándole una daga, y arrojando el cuerpo al rio Vístula.
Se decidió que se  dejaría la torre así como estaba, colocándole una cúpula y alcanzando 81m. de altura. La más baja mide 69m. A partir de ese momento se decidió la fecha de la  inauguración.
El hermano mayor,  no era capaz de vivir con el crimen en su conciencia y el mismo día que se consagraba la iglesia, declaro ante todos el crimen  atroz que había cometido.  Algunos cuentan que posteriormente se tiro desde la torre que construyo su hermano, otros que se clavó la daga con la que lo mató.
Hoy se puede ver el puñal colgado frente a la iglesia, lugar por donde transita todo el que se encuentre en la Plaza del Mercado, en señal de recordatorio de lo que puede causar la envidia y la soberbia.
En 1241, uno de los vigías, con corneta  en mano, una vez más subió los 239 escalones de la Torre para cumplir  con su trabajo, sabiendo sin duda que bajo sus pies, en el interior de la basílica, el culto de los fieles  se hallaba acompañado  de verdaderas obras de arte, y él tenía parte de responsabilidad en el cuidado de esos bienes.
Lo que no sabía el vigía  era qué, esa sería la última vez  que lo haría. Divisando a los Tártaros en los alrededores de la ciudad se dispuso a tocar la melodía de alerta para que los ciudadanos se preparara para el ataque, pues ya sabían de la crueldad que se gastaban, mataban a todo el que no lograra escapar, jamás hacían prisioneros.  No pudo terminar el “Hejnal” la melodía fue interrumpida por una flecha que le atravesó el cuello y murió en el acto. Dicen que aun así, muchos ciudadanos pudieron huir de la barbarie Tártara. Desde entonces la melodía se toca cada hora,  cuatro veces consecutivas a través de las cuatro ventanas que miran a los cuatro puntos cardinales, interrumpiendo el Son, en medio de una nota, en honor del vigía muerto.
Las consecuencias de la invasión fueron devastadoras destruyendo casi toda la ciudad. Polonia fue sometida a invasiones en numerosas ocasiones pasando a formar parte de diferentes países.
Los siguientes doscientos años la ciudad de Cracovia fue completamente reconstruida con una muralla para prevenirla de posibles ataques. La ciudad renace de nuevo convirtiéndose en el centro del comercio del norte de Europa, conociéndose como el paso del ámbar, mineral que llega a ser una de las fuentes de riqueza.
Polonia estuvo ocupada durante 146 años, hasta el final de la segunda guerra mundial. Pero tras el fin de la segunda guerra mundial cae bajo ocupación de la Unión Soviética, hasta que el país inicia una revolución que hace recuperar la independencia en 1989. A partir de este momento el país vuelve poco a poco a  su identidad cultural y hoy es uno de los países más visitados de Europa. La historia de este país es tan interesante y llamativa que envuelve al visitante y te deja enganchado para querer saber más y si es posible volver.
Pero estábamos en la Iglesia de Santa María.
Ver el interior de la basílica es una explosión de colorido y esculpidas filigranas en paredes techo y retablos. Sorprende el techo de un color cielo intenso moteado de estrellas doradas. El órgano y los diferentes retablos, siendo el del altar mayor el de más importancia, llamado Wit Stwosz. Domina el interior de la Basílica, es una talla medieval dedicada a la virgen María. Es el retablo más grande de Europa, construido con la generosidad de la burguesía de la época. El retablo se hizo en madera de Robee, las esculturas en madera de Tilo. 
El punto principal de este retablo es un armario de cuatro alas, que se abre todos los días a horas determinadas. El interior representa en las alas, los misterios de gozo de la Virgen, desde la Anunciación hasta Pentecostés. En el centro una gran escena de la Virgen rodeada por los apóstoles. Arriba aparecen escenas de la Asunción y de la Coronación de la Virgen a la que asisten los Santos Estanislao y Adalberto. Al cerrar las alas del armario se admiran doce escenas de los Dolores de Nuestra Señora.
Apertura del armario
Después de la visita al interior no hay que perderse el toque de corneta, hoy en día el encargado de tocar la melodía es un bombero que al terminar saluda con la mano a todos los turistas.

María Calzada.

21 de marzo de 2014

La Torre 6 (Ocho, más dos, diez)


A menudo al caer la tarde, mi padre se perdía por el monte más cerrado, donde buscaba algo de caza. Se dirigía hacia donde pensaba había visto alguna madriguera. Caminaba a ritmo acompasado apoyado en el porro y sin más compañía que el silencio del campo, roto por el ligero sonido de las ráfagas de viento, su respiración jadeante y el ruido del roce de las perneras de su viejo pantalón de pana, que llegaba a sus oídos como una musiquita, mientras las huellas de sus pasos quedaban marcadas profundamente en la hierba.


La soledad era su más fiel compañera y arropado en ella, dejando sentir el viento en la cara, como reafirmando su presencia, el goce de una libertad efímera, que le hacía rumiar quimeras inalcanzables y cotidianas realidades.

Continuaba la marcha, atento a cualquier movimiento, ubicando aquellos sonidos que solo un hombre como él y los mismos animales conocen. En cualquier momento podía salir una liebre, hacen las camas en en la superficie, entre la maleza o el hueco de una encina.

Pero a veces el momento de caza se rompía por la presencia inesperada de otros animales, también expertos cazadores, y fuertes competidores. La sombra de un gavilán sobrevolando su cabeza, daba al traste con la razón por la que se encontraba por allí. Ya había aprendido que cuando andaba cerca, era mejor dejar la caza para otro día. En alguna ocasión cuando ya había tirado el porro a una liebre y cuando ésta se revolvía por el golpe recibido, el Águila rápido en el vuelo le levantaba la pieza antes de que pudiera llegar a ella. No le quedaba más remedio que admirar su rapidez, pero si podía evitarlo no le facilitaba la caza.

Situaciones como esta hacían crecer su experiencia y le aumentaban su admiración por los animales, no solo por sus habilidades, también por lo hermoso de sus movimientos.

A menudo nos comentaba la belleza del gato montés. Huidizo y rápido, saliendo de su escondite por el ruido de su presencia. Ahora era mi padre quien se sorprendía y haciendo un alto en su caminar lo observaba achicando los ojos, mientras se alejaba envuelto por los destellos de los últimos rayos de sol, sorteando con habilidad encinas y carrascos. Satisfecho sonreía, sabiéndose un privilegiado por gozar de ese momento . 

El gato montés no era un animal que cazara habitualmente y menos cuando te salía de forma inesperada. Teniendo en cuenta que mi padre no tenia escopeta, solía cazarlo siguiendo sus huellas, sobre todo en invierno y mejor si había nieve. Así podía sorprenderlo en su escondite. La piel era muy apreciada y le permitía ganar unas perras vendiéndosela a su amigo, El Bobo la Coña.

Muchos pasos perdidos han quedado en los terrenos de La Torre y seguro que algunos quedaron profundamente marcados en su alma si al tiempo pasaban por su cabeza preocupaciones o cierta desazón por lo que hubiera de ocurrir.

Corría el año 1954 y ya llevaban viviendo en La Torre cerca de diez años. Se empezaba a tejer otro futuro para la finca. Señales, apenas imperceptibles para quienes vivían en ella, indicaban que el futuro no era seguro. 

Mi padre ya tenía 47 años, estaba entrando en esa vejez prematura del campesino, por la dureza del trabajo y las condiciones de vida. 

España ya llevaba veinte años de dictadura, con las consecuencias nefastas que el régimen acarreaba. A pesar de las dificultades, que eran muchas, se salía adelante como se podía, pero económicamente este país era un desastre. Reformas estructurales eran necesarias y aunque el gobierno empezaba a hacer pequeños gestos para reavivar la economía, pues estábamos aislados del resto del mundo. El miedo seguía instalado en la mente de los ciudadanos y esto marcaba el hacer y decir las cosas. Seguíamos inmersos en el ostracismo.

A pesar de todo el ciudadano normal y corriente seguía viviendo sin saber demasiado, qué ocurría más allá de su vida cotidiana. Cierto es que aprendieron a observar, a leer gestos y, en ocasiones, a defenderse de situaciones fantasmagóricas provocadas por el miedo que el régimen se encargaba de extender.

Las mujeres empezaron a preocuparse por su estética en el vestir. La moda entraba tímidamente en los hogares españoles. Fue una época de las más elegantes. Los vestidos rectos o con amplias faldas ceñidas a la cintura, los sujetadores y corsés armados, las faldas por debajo de la rodilla, marcaban, con cierto recato, la figura de la mujer, acompañado de los complementos a juego y los peinados, con recogidos o el pelo suelto ondulado. Y en casa por esa afición a la costura de mis hermanas mayores, con los pocos figurines que llegaban a sus manos, creaban su propia vestimenta y la que ya empezaban a coser para otras. 

Con este panorama, mi padre y el resto de la familia trataban de asumir el nuevo embarazo de mi madre. Sería el último, pero aumentaría la familia hasta nueve miembros, que ciertamente daba vértigo. Mis padres jamás dieron muestras de flaqueza ni desilusión, nunca le oímos una queja por la carga de tantos hijos, todo lo contrario, era como si el ser muchos fuera lo más natural. Seguramente la procesión iba por dentro, porque en aquellos tiempos a tantos hijos, pocas cosas podían darle, nada más que la esperanza de ponerlos a trabajar en cuanto pudieran, y fueran lo suficientemente listos con la escasa escuela que tenían, para ganarse la vida. 

En tiempos donde las visitas al médico, por traer un hijo al mundo, no era lo habitual, a no ser que hubiera problemas muy evidentes, éste afortunadamente transcurría, al igual que los anteriores, con total normalidad.

Mi madre merecería capítulos aparte. Si mi padre ha sido un ser especial, ella ha colmado todas nuestras necesidades con un talante y afabilidad, difícil de explicar. Dispuesta y callada siempre tiraba para adelante sin una queja; a ella la vida también le puso obstáculos difíciles de pasar y en el momento de este embarazo, su hermana Ana María, la mujer del tío Cándido, andaba luchando por la vida. Probablemente sin saberlo, las muchas caminatas desde La Torre a Topas para asistir a su hermana, facilitaron un parto que hasta llegado el momento no supieron que venía con sorpresa.

Es difícil de creer que después de pasar por ocho embarazos mi madre no intuyera lo que estaba pasando. Yo creo que sí, aunque ella no lo mencionara, bastante susto tendría encima. 

Mis padres a pesar de vivir desde que se casaron en dehesas cercanas a Topas, aquí tenían una casa pequeñita, que en inviernos duros le servía a mi madre para pasar algunas temporadas con los hijos. La casa estaba ubicada entre la antigua casa del maestro y la casa que hace esquina con el campito. Tenía un horno de leña donde, mi tía Viges y mi madre, se reunían una vez a la semana para amasar y hornear el pan para las dos familias. 

En esta casa tuvieron lugar algunos de los partos, con ayuda de la comadrona del pueblo, Jacinta. Y aquí también fue el último por el que había de pasar mi madre. 

Y cuando oficialmente la primavera anunciaba su primer día, el nuevo ser estaba dispuesto a nacer y conocer el mundo. Todo va bien, nace una niña… pero la comadrona entiende que algo raro está pasando y anuncia a los que esperan fuera de la habitación, - que debían ser una buena recua- ,que vayan a buscar al médico con urgencia. Así se hizo, con la suerte de encontrar al doctor Ponce, el médico del pueblo, disponible. Mientras, aumenta la preocupación en los que esperaban. Pero solo justo al tiempo de llegar el médico, apenas fueron unos minutos, se dio cuenta que el problema no era otro que el parto no había terminado. Otro bebé apuntaba nueva vida. Dos niñas, vinieron al mundo para aumentar el número de hijos. La sorpresa fue mayúscula. Y es fácil imaginar que algunos tardaron en asimilar la noticia. Las hermanas mayores en un primer momento solo pesaban en el trabajo que se les venía encima: ahora no solo era criar a una, eran dos. No habían terminado de ayudar a criar al que nos precedía, Eusebio, que apenas tenía trece meses y al anterior, Cándido, tres años, que habían de empezar otra vez a cambiar pañales y dar biberones. 

A la primera en nacer le pusieron el nombre de Eduvigis y a la segunda María Francisca, que soy yo. Pasado el primer susto, empezaron a mirarnos con otros ojos. El deber y la responsabilidad se ponen en marcha. Mi padre regresa a la boyada que había dejado al cuidado de los hijos mayores. Esperan ansiosos saber qué ha sido, niño o niña. Antonio, que siempre ha sido el más niñero, es el primero en preguntar con ilusión, y mi padre contesta: “¡qué ha sido, no, qué han sido… dos niñas… ocho, más dos, diez!” Esta última frase se repetiría en los primeros días de nuestra vida por diferentes motivos. En los primeros momentos se la repetía a sí mismo para cerciorarse de la realidad de la situación. Después, ante lo inevitable, ahuyentaba los inconvenientes y anhelaba con esperanza alguna ventaja. Así se lo hizo saber a su amigo Laureano, el que durante muchos años fue encargado de la finca San Cristóbal.

Laureano le acompañó como testigo a inscribirnos en el registro y por el camino fue quien pronuncio la frase acompañada de un leve taco, de los muchos y fuertes que solía aderezar sus conversaciones; “Coño Eusebio, ocho, más dos, diez…” a lo que mi padre, enigmático, -que sabia serlo cuando quería- le contestó: “Sí, pero estas me darán la vida…”. Esta anécdota nos la contaba muchas veces, aunque tardé tiempo en entender el significado de la frase. Después de tener una casa llena de hijos, el miedo a la soledad era patente.

Toda la vida nos han conocido como las mellizas, aunque realmente no lo somos, somos gemelas. El ser dos y las más pequeñas, hacia que todo lo que ocurriera a nuestro alrededor tenía connotaciones distintas, en ocasiones exageradas, protagonizadas la mayoría de las veces por nuestra propia familia.

El nacimiento gemelar en cualquier casa, incluso hoy en día, es un acontecimiento lleno de dudas y miedos. Si además esto ocurre en una familia con tantos hijos, se desatan incluso situaciones externas, a veces difíciles de tratar. En nuestro caso no fue menos. 

Siempre existen personas con necesidades legítimas, pero que obsesionados por conseguir esa necesidad, no son capaces de medir las consecuencias, creyendo que su necesidad puede subsanar los posibles apuros de otras. Así en los primeros días de nuestra vida las visitas fueron muchas, pero la de dos personas en concreto eran diarias: Quica, la Mindaca, y Cruz, prima de mi madre se paseaban por casa con insistencia y pretensiones que en un principio no se atrevían a exponer claramente.

Las dos estaban empecinadas en tener familia como fuera, y para ellas la salida más fácil era que una familia numerosísima como la nuestra se viera apurada y accedieran a dar un hijo. ¿Y qué mejor ocasión que cuando han nacido dos al mismo tiempo? Cada una de ellas por separado, ronronearon como los gatos el tema. Las conversaciones debieron hacerse dentro de casa sin ningún recato de que hubiera niños por el medio. Debía ser de tal manera que un momento determinado mi hermano Antonio nos miraba en la cuna y le dijo a mi madre: “¡ mama pero si son muy bonitas…!”

Quica la Mindaca, era muy lista y rápido entendió que no iba a conseguir nada y que seguramente su interés había llegado demasiado lejos y, me imagino, que para disimular el fallido intento o para consolarse le pidió insistentemente a mis padres que la dejaran ser madrina de una de las niñas y le pusieran su nombre. ¡Ay!, mi madre que era una santa, renuncio a ponerme el nombre de su hermana, Ana María, que hacía tres meses había muerto, para concederle la mitad del capricho a la que ha sido mi madrina. Así, oficialmente, mi nombre es María por mi tía y Francisca, por Quica, diminutivo de Francisca. Lo de Francisca, a pesar de que también es el nombre de mi madre, siempre me sentó como un tiro, y no sabría explicar por qué. Quica pasados unos años tuvo suerte, y parió a su propio hijo, a quien le tengo aprecio, del mismo modo que se lo tuve a sus padres.

Cruz ronroneó más tiempo, hasta que a mi padre ya le pareció que era suficiente y un día la espero para decirle; “A esta casa puedes venir cuando quieras, pero de este tema no se habla más. Aquí no sobra ningún hijo, y un consejo te doy: lo que quieres hacer sería mejor que lo hicieras fuera del pueblo, tendrás menos problemas”.

Del tema no se volvió a hablar y del consejo que le dio, que estaba lleno de sentido común, no le hizo caso. 

A pesar de este incidente, por llamarlo de alguna manera, la relación con las dos familias siempre ha sido buena y con Cruz después de muchos años tuve ocasión de hablar del tema, de forma distendida, -porque para mí esto no es más que una anécdota-, en un viaje que hizo aquí a la isla. Como es natural, en ese momento no había presente nadie que fuera testigo de los hechos y, amablemente, me lo negó. Pero mis hermanas mayores todavía viven para poder contarlo.

Como hemos sido las más pequeñas hemos crecido entre los brazos de todos para malcriarnos, y sobre todo, en los de las hermanas mayores, Agustina y Emilia. Ellas han sido también nuestras madres, las que siempre están ahí. También mi hermana Fermi, a pesar de ser solo siete años mayor, acarreaba con nosotras en muchos momentos que las demás estuvieran ocupadas y nos sacaba de paseo por los alrededores de las casas de la Torre, llevándonos cogidas a cada lado de sus caderas. Hecho este que le hacía mucha gracia a Delfina, la mujer del Romo, cuando iba a visitar a la familia del guarda. 

Delfina cuando la veía cargada con las dos niñas, siempre le hacia la misma pregunta; -¿Y cómo sabes quien es una y quien es la otra? 

–Espere un momento. Decía mi hermana, al tiempo que levantaba el vestido de una, para mirar el ombligo, y dependiendo de si el ombligo estaba hacia afuera o hacia dentro ya sabía el nombre de cada una con certeza. Situaciones como esta ha sido una constante en nuestra vida, porque lo cierto es, que no nos distinguía nadie, incluida la familia, aunque alguno haya presumido de ello, siempre necesitaban alguna señal. De pequeñas nuestros padres nos conocían por el llanto, de mayores por la voz. Mi padre cuando dudaba siempre esperaba a que habláramos para estar seguro de con quien estaba. Y cuando nos ha parecido, hemos engañado a quien nos ha venido bien. 

                                          María Calzada.

20 de febrero de 2014

EL HOMBRE DEL MULADAR 2ª Parte


EL BASTARDO

Cuando llegó a la altura del puentecillo de la gavia del molino, algo que había en el medio le hizo dar un grito de miedo y un salto, mientras arrancaba a correr hacia atrás chillando y llorando. Era un enorme bastardo, de al menos diez metros, según creía él, que estaba enroscado como los del mazapán que traían los Reyes Magos, en medio del puente. El padre le había dicho que si veía un bastardo escapara rápido, porque los bastardos cuando ven a las personas hincan la cabeza en el suelo, empiezan a silbar y a dar bardiascazos a un lado y a otro con tanta fuerza que si te pillan y te aciertan en la cabeza, te matan. Así es que no se atrevía a pasar. Además, debía haber cazado una rata de agua, porque de la boca le salía lo que era medio cuerpo y las patas y el rabo del animal. Se sentó en el camino con la cesta para ver si pasaba alguien y le ayudaba, pero no pasaba nadie y el tiempo iba corriendo y su padre estaría que echaba las muelas porque no le llegaba el almuerzo, así es que pensó la manera de arreglar aquello. “Si paso, pensaba, puede que como está comiendo no me haga nada, pero puede que se crea que le voy a atacar y se ponga con la cabeza para abajo y me sacuda con la cola y me mate. Si no paso, el que me va a matar es mi padre y encima no se lo creerá. A ver qué hago”.
De repente vio como el tirador le asomaba por el bolsillo del pantalón y su cara se le iluminó con una amplia sonrisa.Cogió un canto janjarreño del camino de un buen tamaño, lo puso en el material, estiró las gomas con todas sus fuerzas y puso la cabeza del bastardo justo en medio de la uve del tirador. Asentó con firmeza las piernas, apretó los dientes y soltó la mano que sujetaba la piedra. La piedra salió disparada con un sonoro zumbido hacía la cabeza del bastardo y los huesos se quebraron como si fueran de mantequilla. El bicho sorprendido vomitó la rata y comenzó a dar botes y a retorcerse durante un buen rato, sacudiendo coletazos al aire, hasta que poco a poco cesaron y solo se movía la parte de atrás de la cola, ondulándose y estirándose levemente. De la cabeza, partida en dos por el impacto de la piedra, salía un hilillo de sangre que iba creando un charquito oscuro en la tierra del camino.
Cuando se aseguró que no se movía, se acercó con mucho cuidado y con un palito lo movió, para ver si estaba muerto. El animal tenía los ojos cerrados y la lengua bífida fuera de la boca, inmóvil. La rata estaba muerta al lado. Le dio una patada y la lanzó a la gavia. Luego se agachó, lo cogió por detrás de la cabeza y con dos juncos que arrancó en las junqueras hizo una especie de cordel, lo ató por detrás de la cabeza del animal y se lo llevó arrastrando el camino adelante.
Se cruzó con Nieves, la mujer de Piruja, que venía en el burro y, muy sorprendida al ver al niño arrastrando al bastardo, le preguntó donde lo había encontrado.
- Lo he matao yo de un cantazo, en la gavia del molino, dijo todo orgulloso.
- ¡Cojona, que valiente eres…! ¿Y no te dan miedo esos bichos?
- Si me dan miedo, pero no me dejaba pasar y lo ventilé con el tirador.
¡Anda, anda, -dijo Nieves-, que valiente eres…! Hala, galanito, vete deprisita no se te vaya a enfriar el almuerzo, que tu padre te estará esperando en la buerta.
El sol ya estaba un poco por encima del teso del horno, así es que serían cerca de las diez, por lo que el padre le había explicado. dedujo que iba tarde, porque hacía una hora que había salido de casa y el padre estaría enfadado. pero cuando le enseñara sus trofeos de caza se iba a quedar con la boca abierta. Entre los trigales de la derecha del camino se oía el cántico de una perdiz llamando a los polluelos y en las huertas de la izquierda se notaba el frescor de la tierra recién regada y las norias, movidas por los borricos, entonaban una melodía de notas discordantes cada vez que las lengüetas golpeaban las ruedas dentadas que hacían mover los arcaduces que sacaban el agua fresca del fondo del pozo y la iban dejando caer con precisión milimétrica sobre el cajón metálico, estratégicamente colocado, con una sonoridad cantarina, monocorde y eterna. Los borricos, con los ojos tapados con un trapo para evitar el mareo que produce estar todo un día dando vueltas en el atril de una noria, se movían acompasadamente, haciendo girar la maquinaria y creando un sonido monótono que se iba extendiendo por el valle y acababa confundiéndose por el cántico del agua del regatillo que discurría por el medio saltando de piedra en piedra.
Desde lejos vio al padre asomándose al camino, con el sombrero de paja, sabio en sudores, de la mano, haciéndole señales para que anduviera más de prisa mientras soltaba al aire sus silbidos de enfado.
_¡Se va a quedar pasmao, cuando vea el bastardo!, pensó. Y una sonrisa suave iluminó su cara.
Pero cuando iba llegando oyó los reniegos del padre y las piernas comenzaron a no estarse quietas y a temblar.
- ¡ Mandan cojones- oyó que decía-; y que no hay manera con este tío, que se emboba siempre en el camino y llega a las mil y una. ¡Me cago en crista… y que no sirve con el. Tos los días comemos el almuerzo helao. Y que no escarmienta, el modorro éste!
Escondió el bastardo detrás del cuerpo, pero era demasiado tarde. El padre lo había visto, así es que decidió dejar de disimular y enseñárselo. El padre dio un respingo de potro espantado y se quedó paralizado. Cuando pudo reaccionar acertó a decir:
- ¿ Pero que hostias es eso que traes, un bastardo?. ¿Dónde te lo has encontrao?¿Tira eso ahora mismo, so guarro, que vas recogiendo todas las marranás que te encuentras… Me cago en….
- No me lo he encontrao, lo he matao yo.
_¿Cómo que lo has matao tú? ¡Capaz seras, mendrugo, de andar cazando bastardos! ¿Pero que te he dicho yo de esos bichos?¡ Cualquier día te mete uno pa la hura y allí te come! ¡¡ Tira eso ahora mismo!!
- Es que estaba en el medio del puente de la gavia del molino y no me dejaba pasar- dijo el niño amohinado-. Lo he matao de un cantazo con el tirador.
_Mira que llegas a ser mentiroso… ¡Si te dan un miedo que te cagas las patas abajo…!
- ¡Pues lo he matao yo, me da igual que no te lo creas!
- Te he dicho que lo tires ahora mismo en la cuneta que te sacudo un soplamocos que te apaño. Y ya te puedes estar lavando las manos en la regatera del agua, que o si no no almuerzas esta mañana. ¿Cómo llegas tan tarde?
-Es que entre el hombre del mudadal, los pájaros, la rana y el bastardo…
- ¡¡Pero de qué coño me estás hablando de mudadal, pájaros ranas, ni la madre que los parió…!!
- Es que también ha cazao un pardal y una rana- dijo al tiempo que metía la mano en el bolsillo del pantalón y sacaba la rana con la lengua fuera y el pájaro con la cabeza destrozada-. Pue eso, que entre…
- Te mato, me cagüen D….. Te mato pedazo de burro… Tira todas esas marranás ahora mismo. Y vete a lavarte las manos que te estrangulo. ¡Tú esta mañana no almuerzas! Ya te puedes ir a arrear el burro, que hasta la hora de comer no almuerzas, melón, más que melón. ¡Así llegas a estas horas!. ¿A qué hora has salido de casa?
_ Cuando salía el sol. Pero es que me encontré con el hombre del mudadal…
- ¿Pero quien coño es el hombre del mudadal?
- Ese alto, mu feo, que tiene un diente de oro…El que besó la calavera en el cementerio…
- ¿Qué calavera?. ¿Pero qué es lo que te estás inventando ahora de la calavera?.
- El del día del entierro del tío Arístides, que cogió la calavera de su madre y la besó.
- ¿De qué madre? ¿Pero tú te has vuelto loco?. ¿Quién va a saber cuál es la calavera de su madre?
- Dice que la sacó por el olor. Que todas las madres tienen un olor especial, como las ovejas…
-¿Como qué ovejas? ¿Pero cómo van a oler las madres como las ovejas, so zángano?
- No, yo no he dicho eso. Las madres no vuelen a oveja, pero los corderos chicos saben quién es la madre de cada uno por el olor…
- ¡Ah!, dijo el padre, un poco harto ya de las cosas que le contaban. Por el olor. ¿Y a que vuelen las madres?
- Dice el hombre del mudadal que las madres tienen todos los olores del mundo…y que las madres muertas vuelen igual que las vivas…y que el olor de una madre cuando se muere, se queda en casa y que…
- Déjalo, déjalo…Ya me lo contarás después… Trae p’acá la cesta que almorcemos, que estará el almuerzo como el carámbano… Como cada día, porque a ti no hay dios que te escarmiente… Cualquier día agarro un bardiasco y te mido bien medido, dijo el padre medio resignado ya, por el hambre y el estupor.
El niño cogió la cesta, que todavía dejaba escapar alguna gota de café y con mucha desconfianza la acercó a donde estaba el padre. Siempre almorzaban a la sombra de los espinos que daban entrada a la huerta, porque era un sitio fresco. Tenían un par de piedras grandes que le servían de asiento y un saco de esparto viejo, enrollado entre las matas que le servía de mantel. El padre desenrolló el saco y lo estiró sobre la fresca hierba, entre las dos piedras y abrió la cesta. Ya estaba acostumbrado a lo que vio, así es que movió la cabeza resignadamente, miró al niño con ojos de fastidio y no dijo nada. Sacó el perol esmaltado, gris por dentro, rojo por fuera y levantó la tapa. Todavía humeaba un poco.
- Menos mal que tu madre ya te conoce y debe poner la leche hirviendo, porque no sé como esto puede estar caliente todavía… ¿Dónde están las cucharas?.
- ¡Yo que sé.!. Pregúntaselo a la mama, que es quien hace la cesta, -dijo el niño-, mientras se lavaba las manos en el agua fresca de la regatera que discurría zigzagueando entre los cerros que formaban los canteros. Se habrá olvidado otra vez de meterlas… ¿Me voy a darle al burro?
-¿Tú ya has almorzao en casa?, dijo el padre haciendo ver que no se acordarba ya del castigo que le había impuesto.
- ¡Yo no!. Dijo la madre que metía almuerzo pa los dos. Pero como me has dicho…
- Anda, anda, lávate las manos y ven al comer, que andarás muerto de hambre. Ya no me acuerdo de lo que te he dicho. Haremos las cucharas con los rescaños del pan, como siempre.
El padre sacó el pan y lo cortó con la navaja que siempre llevaba en el bolsillo del pantalón. se la había traído su hermano Manuel de Bilbao un verano y el padre no se desprendía nunca de ella. Era una navaja mediana, con las cachas de nácar blanco y una pestaña en el inicio de la hoja de acero inoxidable, brillante y bien afilada, que servía para todo. Tenía unas letras gravadas que ponían “108 girodias”. ALBACETE. Decía el padre que el tío se habría dejao buenas perras pa comprarala, porque era de muy buena marca. Luego, con mucho cuidado vació la miga de dos rescaños para convertirlos en un cuenco, le cortó uno de los bordes y formó una cuchara que les serviría, como tantas otras veces, para compartir la leche con café, migada con pan, que era siempre el primer plato del día y el último de la noche. Por la mañana caliente y por la noche fresca, pues la madre la ponía entre dos corrientes de aire de la casa durante toda la tarde para que se enfriara. No había nevera, pero tampoco hacía mucha falta.
Los rayos metálicos del sol se filtraban por entre las ramas de los espinos, creando una simetría fina de líneas perfectamente rectas, donde el polvillo del camino creaba distorsiones de un color blancuzco, que se perdían al llegar al suelo verde. Algunas veces los pájaros cantores, jilgueros, verderones y pimienteros, atraídos por el olor de la comida, se posaban entre las ramas, acechando las migas de pan o de huevo y farinato que se desprendían de las manos de los que comían y que eran un manjar exquisito para ellos y dejaban escapar melodiosos cánticos que llenaban la naturaleza de una sensación inenarrable de armonías bellas.
Las hormigas competían con ellos, pero sabiendo que tenían la partida perdida de antemano y que en el mejor de los casos servirían de alimento a las aves, se mimetizaban entre las hierbas más altas tratando de pasar inadvertidas, sin conseguirlo nunca. Siempre acababan sirviendo de postre para un ruiseñor, un tordo, un jilguero o una oropéndola. Era la ley de la naturaleza. Los más débiles sirven de alimento a los más fuertes.
Un escarabajo pelotero, negro como un tizón, atravesaba los cerros arrastrando su pelota de basura, tratando de ir lo más rápido posible de un agujero inundado por el agua del riego y ponerse a salvo entre las hierbas del vallado, donde, seguramente, tenía otra hura. Pero un tordo, de plumaje negro zaino, salió rezongando de entre los espinos albares, cuajados de flores blancas y de hojas de verdores brillantes al sol de la mañana, lo enganchó entre las valvas de su fuerte pico y piando escandalosamente se perdió entre el seto del vallado para almorzárselo tranquilamente.
El niño trató de seguir un rayo del sol, de los que se filtraban entre las ramas, metiéndolo entre sus manos ahuecadas, pero el sol lo cegó totalmente y bajó la vista al suelo. Durante un breve momento cerró los ojos y una cortina de colores se formó en su cerebro, recordándole las luces de un carrusel de feria.
- ¿Este año iremos a la feria, padre?
- Ya veremos, lo que dan de si las alubias. Parece que mala pinta no llevan, pero en estas cosas del campo ninguno está libre de que un mal nublao aparezca un día y nos joda tol trabajo del verano. Y si no hay perras, no hay feria. Anda, arrecoge los cacharros y vete a arrear al burro. Friega los cacharros con la arena del pozanco por donde sale el agua y los pones a secar al sol.
-¿ Puedo coger la rana y el pardal?
-Haz lo que quieras. Ya que los has cazao. Y no te vayas al regato a cazar más ranas, que como se pare el burro te arreo un mosquilón detrás de las orejas…que te avío.
Un sol implacable del julio castellano llenaba el campo con los mil colores de las huertas, sacando brillos transparentes en el regaterón del agua que discurría cantarina para dar vida a las plantas que, si un mal nublao o una epidemia no las estropeaba, darían vida a una familia durante un año más, que es a lo que un labrador pobre aspiraba. hacía muchos años que una guerra cruel y fratricida y el nudo de una dictadura salvaje, les había hecho renunciar a la esperanza de una vida mejor. Sin embargo el hombre trataba de sobrevivir agarrado como una lapa, al trozo de tierra aterronada, que aún le permitía soñar en una vida mejor.

                                       M. Pablos.

A mi padre, Germán y a todos los que como él dejaron una parte de su vida entre los cerros. Con mi cariño y mi reconocimiento.


17 de febrero de 2014

El Hombre del Muladar

Manuel Pablos, describe en este relato, algunos de los momentos de la vida de  un niño y los habitantes de  su pueblo, (nuestro pueblo).
Nadie como él sabe utilizar el lenguaje de ese ambiente rural de épocas pasadas. Y para quien  conocemos esa forma de expresarse  y hacer de nuestros mayores, nos es fácil situarnos en el momento exacto de la historia, sintiendo que también  somos parte de ella.
No perdáis la ocasión de emocionaros.

Los pájaros reñían como cada mañana en lo alto del tejado de la cochera de Paco el  Patito, cuando el niño enfilaba el camino de La Fuente con la cestilla del almuerzo colgada del brazo, doblado en forma de ele. Dejó la cesta en el suelo, se sacó el tirador del bolsillo del pantalón, puso una piedra en la piel de gato y con mucho cuidado dirigió la horquilla hacia el tejado y puso entre los palos en forma de  uve a uno de ellos. Estiró las gomas  y soltó la piedra. El pardal pegó un bote y cayó como un fardo en la tierra del camino. El niño pegó un salto de alegría, se le aceleró el corazón y corrió hacia donde había caído el pájaro, que daba vueltas con los estertores de la muerte, intentando elevarse hacía un cielo que ya nunca más surcaría. El niño lo agarró por las patas y le dio un golpecillo en la cabeza contra una piedra y el pájaro se quedó rígido, con las patas muy estiradas. Se lo metió en el bolsillo  izquierdo del gastado pantalón de pana, guardó el tirador en el bolsillo derecho, agarró la cesta y continuó su camino. El sol comenzaba a asomar por la gavia del molino y a pesar de que era verano, hacía un cierto fresquillo  que hizo que su cuerpo se estremeciera un poco. En las alamedas los pardales, ruiseñores, jilgueros y verderones, montaban una orquesta indescriptible de trinos, saludando los primeros rayos del sol. Del alto del campanario le llegó el  crotoreo de la cigüeña que se desperezaba de su garabato y desde su atalaya escrutaba el campo en busca del almuerzo.
Al llegar al puentecillo de piedra, desgastada por el uso diario de las pisadas del hombre y de los animales, en vete tú a saber cuantos cientos de años, oyó croar a las ranas y vio una enorme medio escondida entre las espadañas. Estaba encima de una hoja grande y su piel verdosa oscura, llena de manchas negras, brillaba con la luz matinal. Volvió a dejar la cesta en el suelo, sacó de nuevo el tirador, cargó la piedra, apuntó al cuerpo del animal y tensó las gomas, la piedra salió disparada y la rana quedó boca arriba estirando y encogiendo las patas, con un palmo de lengua asomándole por la boca. El niño bajó al regatillo, recogió la rana agarrándola por las patas y le dio unos golpes sobre una piedra hasta que notó que ya no se movía. Se la metió en el bolsillo, junto con el pájaro, volvió a cargar con la cesta y enfiló el camino, con los ojos brillándole como ascuas.
- Que bueno soy, con el tirador- se dijo para él mismo-; cuando se lo cuente al padre, no se lo va a creer.
Después de la curva del regato salió a la llanura y los rayos del sol incidieron en sus ojos, provocándole una ceguera momentánea y haciéndole saltar las lágrimas. Se los frotó con el dorso de la mano y se los protegió haciendo visera con la misma mano sobre la frente, hasta que vio de nuevo. Y entonces lo vio.
El hombre del cementerio estaba en medio del muladar con la horca clavada en la basura. Era alto, feo de cara, un tanto desgarbado de cuerpo y con una ligera chepa, fruto del trabajo de muchos años. Llevaba un jersey viejo y unos pantalones muy sucios, de pana, llenos de remiendos. Tenía puestas unas botas altas de goma negra, por las que resbalaba un líquido de color marronoso, que cubría el suelo entre las dos partes en que había dividido al muladar. El olor era nauseabundo, pero al hombre no parecía importarle mucho. Cuando llegó a su altura, el hombre dejó el trabajo, lo miró con curiosidad, envaró la figura y mirándolo con sus ojos saltones le dijo:
- Buenos días, amigo. ¿ Pa onde caminas con la cesta?
- Buenos días,- le respondió-; pos voy a la buerta, a llevarle el almuerzo al padre.
- Coño, pues no andes diendo, hombre. Déjala aquí y así no tendrás que cargar con ella.
- ¡Si hombre!- le respondió -, y luego cuando llegue… ¿qué le digo a mi padre?.
- Pos que le vas a decir, que nos hemos comido el almuerzo en el camino. ¿A él que más le da?
- Ya…claro. Tu eres mu listo, dijo el niño riéndose… ¿ qué estás haciendo con la basura?
- Le estoy dando la vuelta al “mudadal”, pa que se cueza bien y salga buen estiércol.
- ¿Los “mudadales” se cuecen?, dijo el niño abriendo mucho los ojos.
- Pos luego. Se tienen que cocer bien, pa que se mezclen los jugos y cuando se tiren en la tierra le den buen alimento al trigo, hombre.
- ¿El trigo se alimenta de basura?
- ¡To, coño, pues claro! y del agua que cae cuando llueve y del sol y de las cubiertas… y las remolachas de la tu buerta también…
- ¡ Si, hombre, ¿y qué más?.!  Yo he comido las remolachas de la mi buerta y saben dulces y la basura debe saber a mierda.
- Pa chasco. Si la basura es mierda, ¿a qué va a saber?. Yo no sé mu bien como pasa, porque casi no andé a la escuela, pero las cosas son asín.
- ¿Y no te da asco estar ahí con lo mal que huele?
- ¡Joder, si me da asco!, pero a ver qué va a hacer uno. Si se quiere comer, hay que trabajar….!
De debajo del muladar salía un líquido marrón, oscuro y maloliente, que iba resbalando por la cuneta para perderse entre los yerbajos de la orilla del camino y por encima, los rayos del sol naciente dejaban entrever un humillo que ascendía hacia el cielo puro de la mañana y se diluía en el aire frío, despidiendo un tufillo desagradable que hacía que el niño arrugara la nariz y su cara se plegara en un rictus de desagrado. Las botas del hombre chapoteaban en ese lodazal con un ruido desagradable, dejando escapar por debajo chorrillos putrefactos, pero el hombre seguía con su tarea, ajeno por completo a lo que para él era natural.
- El otro día te vi en el cementerio – le dijo el niño-; en el entierro de mi tío Arístides.
- ¡Ah sí!, que en gloria esté. Mira al hombre se le arregló pronto el asunto. Y no era nada viejo, pero toda esa familia de los herreros se van muriendo jóvenes. Mira tu abuelo Manuel, no llegaba a los cuarenta. Tu no lo conocistes. Lo llamaban el tío Boquiche, porque tenía una boca mu chica. Y era chiquitillo y poca cosa, pero no veas lo listo que era el jodío. Te arreglaba las arrejas en ná. Y te hacía cualquier herramienta bien rematá y en poco tiempo. La bola y la cruz que hay encima del campanario las hizo él. Y las cercas de hierro que hay en las tumbas del cementerio, esas que están tan bién trabajás, entre tu tío Arístides y tu abuelo las han hecho, yo creo que todas.
- Te vi besar una calavera que había en el montón de tierra…
-Sí, era la de mi madre, que se murió hace tiempo.
- ¿Y cómo sabías que era la de tu madre?
-Por el olor. El olor de una madre no se olvida nunca. Yo creo que como de chiquinines te dan tanto la teta y te acunan tanto, te se queda el fato enganchao en el cerebro y ya no te se desprende nunca.
-Pero los muertos huelen mal, ¿no?
- Buelen mal si no son los tus muertos, pero la calavera de mi madre olía a madre. Mira los corderos: Ende chiquinines, recién nacidos, se agarran a las tetas de su madre a mamar y ya no se confunden nunca. Entre todas las ovejas que aiga, siempre se van a la que es su madre. Y ya se están con ella pa siempre. Eso es por el olor, que se les queda dentro. Porque ellos inteligencia…no creo yo que tengan. Ya te digo, galán, el olor de una madre es pa siempre… una madre tiene todos los mejores olores del mundo y, cuando se muere, el su olor se queda mucho tiempo por la casa, como si no quisiera irse. Y hala, camina con el almuerzo, que cuando llegues a la buerta va a estar frío y yo ya he descansao un rato. Ya charlaremos en otro momento.
El niño cogió la cesta que había dejado en el suelo, se la colgó en el brazo y se despidió del hombre del muladar.
- Bueno, pues hasta otro rato. 
-Con dios, galán. Y vete ligero, que tu padre tendrá hambre.
Arrancó camino arriba, mirando a derecha e izquierda. Las huertas sembradas, estiraban sus hojas al sol naciente como si despertaran del frío y la modorrera de la noche. Los cangilones de las norias cantaban, desentonados, sus eternan cantinelas, llenando el aire de ruiditos que él había aprendido a distinguir. Esta es la noria de los carniceros y esa la de Chencho y aquella la de Tanis, y aquella otra la de Elías. Había recorrido tantas veces el camino que, a veces, se entretenía intentando adivinar de quien eran los sonidos. Así el camino se le hacía más corto. Al llegar a la curva de la cuesta, se asomó un momento a la fuente donde bebían las caballerías cuando volvían de las tierras. El padre le había contado que en aquella fuente se ahogó una chica del pueblo a la que habían matado el novio en la guerra y cuando pasaba por allí le daba una tiritona y se santiguaba, no fuera a ser que se le presentara la muerta. ” y tu tío Manuel y yo bebimos agua, cuando la moza estaba debajo, que ya le dije yo a tu tío que no bebiera, que parecía que estaba un poco revuelta, pero él bebió. Imagínate si sale p’arriba cuando estamos bebiendo. Nos da un susto que nos mata”
La tierra de la izquierda le llamaba mucho la atención, porque siempre la sembraban de girasoles y por la mañana miraban al sol, pero a mediodía, cuando volvían a casa se habían girado y le daban la espalda. El padre le había dicho que por eso se llamaban girasoles. Cuando las pipas estaban maduras, casi al final del verano, algunas veces arrancaba un trozo y se lo iba comiendo por el camino. De entre los girasoles salió alborotando una bandada de jilgueros jóvenes, haciendo ondulaciones con sus cuerpos mientas esparcían sus cantos por el aire fresco y se posaron en unos cardos que había un poco más arriba a la derecha. Instintivamente echó mano al tirador y cargó una piedra en la piel de gato, por si cuadraba que se dejaran arrimar, pero los jilgueros eran muy desconfiados y no dejaban que los humanos se les acercaran a no ser que estuvieran cantando distraídos entre las ramas de algún espino. Cada vez que iba llegando a donde se habían posado, levantaban el vuelo y seguían subiendo y bajando en sus vuelos, un tramo más. Echó a correr para ver de acercarse antes y entonces notó como de la cesta empezaba a caer un líquido marronoso, que iba regando el polvo del camino, dejando un regaterillo húmedo en la tierra reseca…
- ¡me cagüen todo…! Gritó desesperado. ¡Se ha vertido el café!
Levantó la tapa de mimbre de la cesta y vio como la tapadera del perol del café estaba caída y una parte del líquido había ido a parar al plato de los huevos y el tocino frito y había empapado el pan de café con leche.
- Mi padre me mata, pensó. Por lo menos es la cuarta vez que me pasa lo mismo. A ver que me invento hoy.
Y con la angustia en el alma y la regatera del molino a su derecha, siguió camino adelante. Los jilgueros, como si se rieran de él, atravesaron el camino y siguieron riéndose hasta perderse de vista.
- Reíros, reíros, cabrones, que ya nos volveremos a encontrar cuando no lleve la cesta.
 Cuando llegó a la altura del puentecillo de la gavia del molino, algo que había en el medio le hizo dar un grito de miedo y un salto, mientras arrancaba a correr hacia atrás chillando y llorando.
 (continuará)
                                                  Manuel Pablos

25 de enero de 2014

Mi mamá es de pueblo…

Mi mamá es de pueblo…
Esta debía ser la apreciación de mis hijos ante sus compañeros de cole cuando tenían que hacer algún ejercicio en ciencias naturales.
Mi marido con mucha guasa les decía: Los temas de pueblo, mejor se lo preguntáis a mamá…
Esto era; temas de animales,  plantas…en fin, todo lo que tuviera que ver con el campo. Mis catorce años de vida rural, tenían que dar para todas las dudas que tuvieran… Entonces no sabían, que en ocasiones mis dudas podían ser comparables a las suyas, y más de una vez nos vimos juntos colgados de la enciclopedia. Pero también es cierto que haber nacido en un pueblo, da un carácter especial, y de algo me servía.
Mis hijos habrán visitado mi pueblo un par de veces.
Una de las veces que fuimos, mi hijo pequeño debía tener como seis años. El hijo de mi hermana Viges de la misma edad también estaba. Fuimos a visitar a San Cristóbal,  a mi primo Teyo, pastor desde que le salieron los dientes. Los niños se lo pasaron en grande corriendo por el campo detrás de los animales, todo era nuevo para ellos. Cuando llego la hora de recoger a los animales, mi primo les dijo: “¿Queréis venir conmigo a ordeñar las cabras?”, los niños felices se fueron detrás de él hacia el corral. Cuando termino de ordeñar, mi primo salió horrorizado, pero riéndose.
-Pero… ¿a  qué colegio lleváis a estos niños? Nos quedamos sorprendidas, no sabíamos a que venía la pregunta.
-Pues… a uno normal…
-Pero si no saben que lo que sale de las tetas de la cabra es leche…! Empezamos a entender…
Muerto de la risa nos cuenta la conversación que había mantenido con ellos:
 Mi primo se pone a ordeñar, a los niños se le ponen los ojos como platos.
-¿Eso que sale que es…?
-¡Coño que va a ser…! leche. Los niños se miran, no entienden… ¿Vosotros no bebéis leche?
-Sí... ¿Y como se mete ahí dentro…?
-¿Que cómo se mete aquí dentro…? ¡¡de aquí se saca para que vosotros la bebáis!!
 Mi mamá la compra en una botella…!!!
-¡Nos ha jodio, Pues eso galán ni es leche ni es na…!!…)

El resto del repertorio se quedo en el aire, pero a juzgar por el tiempo que estuvieron debió soltarle un buen sermón. El pastor debió sentirse a sus anchas de la ignorancia supina de unos niños, que teniendo las madres que tenían ya podían haberle explicado algo que los suyos y todos los del pueblo sabían desde que nacían.
Salimos de allí con unas cuantas lecciones aprendidas, y una pendiente con los niños del proceso de la leche.


En otra ocasión la experiencia fue siendo ya mayorcito… Me vi un día rectificando una maqueta preciosa, de una noria que mi hijo ya traia hecha del colegio. Según su profe, decía mi hijo, “¡¡así está bien!!”
-Ya, sí, si el trabajo está muy bien hecho… solo que si tuviera que sacar agua de verdad volvería a caer en el pozo.
 La discusión se alargo. Nada de lo que trataba de explicarle le convencía, se sentía como si estuviera haciendo de menos al profe. Nada más lejos de mi intención.
“¡¡ Mamá… El profe sabe Lo que hace!!”   me dijo, como dando por zanjado el tema. A esas alturas ya me estaba templando.
-Sí, pero en este caso le pasa lo que a ti, no ha visto una noria en su vida, y si la ha visto en foto, no se ha fijado mucho.
- ¿Y tú? Aquí ya se ponía borde… y todo tiene un límite.
Mira guapo, yo pertenezco a una familia donde tu abuelo no se pudo permitir, tener tractor, para arar. Lo de poner un motor para sacar agua, creo que no se lo planteo jamás.  Todas las faenas que tuviera que hacer en la huerta y un huerto pequeño que tenía, lo hacía con la ayuda de dos burros. Y no te puedes ni imaginar la de horas que me he tirado al lado de la noria vigilando al burro, unas veces para que caminara y otras para que no fuera tan deprisa, dependía de cuál de los dos estaba puesto al palo de la noria. Y como en ese momento mi prioridad no era tomar el sol, que por cierto, achicharraba, me entretenía en mirar como daba vueltas la noria y como caía el agua en el cajón. A veces hasta me quedaba dormida. ¡¡Y sabes!! Tu abuelo era de los que cuidaba los aperos de labranza, como si fuera la cuchara de comer. Lo poco que tenía le costó mucho trabajo. Lo vi muchas veces como la arreglaba en verano para que funcionara mejor y como la mimaba en invierno para que se conservara lo mejor posible. ¿De verdad crees que se me ha olvidado cómo era…? La cara del niño era de sorpresa. La mía seguro que también, qué pocas veces le había explicado de dónde veníamos y cuantas veces tuvimos que interrumpir los juegos para hacer cosas como esta, no sé, si por necesidad, o nuestros padres lo hacían para quitarnos de jugar en la calle.
Terminamos poniendo un poquito de agua en los alcaduces… Por cierto, le dije; en los pueblos simplificamos tanto hasta las palabras, que a veces damos por bien dicho, lo que no es. Siempre oí decir; “alcabuces” y tienes razón se dice arcaduces, o alcaduces. A cada uno lo suyo.